12 sept 2010

Cartas a la luna

Siempre me dedique a perseguir estrellas, a escribirle cartas a la luna y guardar gotas de lluvia. Una tarde dentro de mi cabeza salían palabras que me desbarataban los momentos de tristeza.

Una noche, la lluvia era abundante, la luna se escondía entre las nubes y solo había relámpagos, salí a la calle a apreciar los alrededores. Me llamaron la atención cientos de luciérnagas revoloteando cerca de un árbol, me acerca para ver lo que las atraía tanto. Bajo el frondoso árbol te protegías de la lluvia, te ofrecí un abrazo para que te cubrieras del frío, aun no podia verte el rostro, tu cabello húmedo cubría por completo la cara.

Sin decir nada alzaste la mirada, quede maravillado por ese par de luceros que brillaban mas que mil luciérnagas juntas, me quede sin habla, de pronto saliste corriendo y no pude siquiera pronunciar palabra alguna.

No tuve mas remedio que volver, a partir de ese día buscaba a las luciérnagas como quien busca un oasis en el desierto, pasaba las noches suplicando que llegara el día que pudiera volver a verte. Era todo lo que pedía.

Un día llovía tan fuerte que parecía que las nubes desquitaban su ira contra la tierra, los vientos soplaban violentamente y me decidí a salir de nuevo. Camine por todo un sendero de arboles buscando luciérnagas, nunca las encontré, sin embargo ahí estabas de nuevo, recorriendo el pasto mojado, caminando sin que nada mas te importara. A mi costado había una gran flor blanca. La tome y te la di, la tomaste sin exclamar palabra alguna y volviste a desaparecer.

Nunca creí volverte a ver después de esa ocacion, de vez en vez perdía la razón tratando de encontrarte, salía todas las noches lluviosas de nuevo al sendero, salía emocionado y regresaba tan destrozado como siempre. Llegue a un grado de locura tal, que fingía hablar contigo, ¡tu fuiste la culpable de esto! Te reprochaba una y otra vez.

Interminables las horas que pase junto a las nubes esperando que pasaras o que lloviera para salir a buscarte y poder verte de nuevo. Al borde de la locura extrema te vi de nuevo, me acerque para hablarte, para si quiera poder vivir tranquilo. Intente rozar tu brazo, una y otra vez, nunca lo logre, descubrí que yo simplemente fui un susurro del viento.

- Pedro Chavero

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